El horrible rostro de las trampas en el deporte
No sé sabe si estos XXVIII Juegos Olímpicos marcaron récords vergonzosos de doping, no dispongo de estadísticas en cuanto a lides precedentes, pero el rostro de la trampa intentó varias veces disfrazarse de inocente.
“Anuncia el Comité Olímpico Internacional el primer caso de doping en Atenas”, proclamaba una comunicación nada menos que el 10 de agosto, tres días antes del inicio de la Olimpiada 2004.
Al encartado, David Munyasia, boxeador de Kenya, se le detectaron niveles anormales de cathine en su organismo, durante un análisis sorpresivo practicado el 6 de agosto.
Konstantinos Kederis, campeón de los 200 metros planos en Sydney 2000, y Ekaterini Thanou, subtitular de los 100 metros en la misma competencia, resultaron los siguientes encartados.
En una saga de novela de suspenso, los dos griegos escaparon de un control en la Villa Olímpica, se lastimaron en un accidente de motocicleta, y resultaron finalmente sancionados por su desacato, tras las conclusiones del COI, el 18 de agosto.
Olga Shchuhina, de Uzbekistán, soportaba el 20 de agosto la vergüenza de ser descubierta como receptora de clenbuterol, un anabólico maldito. Se le comunicó que quedaba excluida de las competencias atléticas, en las cuales figuraba para la impulsión de la bala.
Ese propio día se daba a conocer el castigo a la levantadora de pesos india Thingbaijam Sanamacha Chanu, cuarto lugar en la división de los 53 kilogramos. Furosemida, dijeron los expertos al concluir el rastreo.
Otro competidor en pesas, el griego Leonidas Sampani, ganador del bronce en la categoría de 62 kilogramos, era declarado culpable el 22 de agosto. Una concentración de epitestosterona, el doble de la normal, fue su gran error.
A la mismísima Olimpia, cuna de los Juegos de la antigüedad, se encaminó con sustancias prohibidas en su cuerpo la rusa Irina Korzhanenko. En un pesquisaje posterior le fue retirada su medalla de oro en impulsión de la bala, el 20 de agosto: había en sus muestras estanozolol, un anabólico ilegal.
El disco del húngaro Robert Fazekas, que le significó el título olímpico, no solo viajó impulsado por sus fuerzas, sino por algún agente químico desconocido. El atleta rehusó concurrir a entregar sus muestras de orina, el 23 de agosto, y fue declarado culpable al día siguiente.
En esa misma fecha, el día 24, pruebas realizadas al saltador de altura Aleksey Lesnichiy, de Bielorrusia, arrojaron un resultado positivo por clenbuterol. Fue borrado de las listas de participantes.
Otros dos mañosos eran desenmascarados en una comunicación del 26 de agosto. La remera Olena Olefirenko, de Ucrania, y el levantador de pesos Zoltan Kovacs, de Hungría.
Ella, medallista de bronce en cuatro pares de remos cortos, consumió ethamivan. Él, de los 105 kilogramos, se negó a entregar su orina después de abandonar la competencia, lesionado, pero el dictamen es igualmente condenatorio.
La denuncia más reciente, el 27 de agosto, levantaba el dedo acusador contra el ruso Antón Galkin, cuarto lugar en una serie clasificatoria de los 400 metros lisos. En sus fluidos se encontró estanozolol.
¿Serán los últimos casos?
Con el más reciente informe, el COI situó en 2 300 las pruebas realizadas, de las 3 000 que deben efectuarse en estos Juegos.
De lo que debemos ver es que según se ha dicho ningún cubano compitió con trampas. Con su flamante laboratorio antidoping, con sus talentosos científicos, pero sobre todo con la educación que se les imparte a sus atletas, de seguro que mantendrán a raya cualquier intento de engaño.
Como botón de esta anécdota: en los días previos al inicio de los Juegos, funcionarios médicos del COI visitaban la Villa de los atletas para entrevistarlos sobre el tema de los fármacos perseguidos.
A quienes más acertaban les obsequiaban sellos, calcomanías o afiches. Los cubanos los conquistan todos, se comentaba en cada esquina del pueblo de los deportistas.
Cuando en Puerto Rico seremos mas serios en esto del deporte sin trampa, especialmente en el béisbol Doble A que hay hasta esteroides actualmente y de eso les puedo hablar luego.